Amaranto
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El amaranto fue una planta de alta consideración en los pueblos precolombinos.

Las muestras arqueológicas de granos de amaranto o Amaranthus cruentus, hallados en el centro de México, indican que probablemente se originó en América Central y del Sur.

Los mayas quizás fueron los primeros en usar el amaranto, “xtes”, como cultivo de alto rendimiento, apreciando especialmente su valor alimenticio. Los aztecas lo conocían como “huautli” y lo ligaban con sus ritos religiosos.

En la época prehispánica se sembraban junto con otras plantas en las chinampas.

Era un alimento de gran consumo y altamente apreciado. Se le atribuían propiedades vigorizantes, afrodisíacas y hasta esotéricas, considerándolo una semilla sagrada.

Era parte de las ofrendas que se entregaban a los dioses, a los gobernantes y a los muertos en las tumbas. Molido o tostado, se mezclaba con miel de magüey y esa pasta se usaba para modelar figurillas de animales, guerreros, elementos de la naturaleza o de la vida cotidiana, así como deidades como Huitzilopochtli, el dios de la guerra.

Esas figurillas eran cortadas y repartidas entre los asistentes, quienes las comían al finalizar la ceremonia.

Los conquistadores condenaron y destruyeron todo elemento relacionado con los ritos indígenas. Esto determinó que la posesión y el cultivo del amaranto quedaran totalmente prohibidos en tiempos de la colonia. Esta situación prevaleció durante siglos y la consecuencia fue la desaparición tácita del amaranto.

Afortunadamente hoy en día su cultivo se ha expandido gracias al descubrimiento de sus excelentes cualidades nutritivas.

El amaranto es también el ingrediente principal para la elaboración de las golosinas llamadas alegrías

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